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Por Patricia Merello Guzmán – 08/04/2017

Melodías de todo tipo acarician los oídos de los niños desde que empiezan a experimentar en el mundo. Sonidos agudos, graves, fuertes o agradables despiertan sensaciones nuevas que les acompañaran durante el resto de sus vidas, y es que la música se concibe como un lenguaje de comunicación repleto de beneficios.

Además interviene en el ser humano en la medida que “el ritmo está relacionado con la motricidad, nos hace movernos incluso inconscientemente; la melodía está vinculada a lo emocional, enseguida sabemos si transmite alegría, tristeza o miedo; mientras que la armonía requiere análisis y abstracción”. Así lo explica Cristina Muscarsel, educadora musical diplomada en Musicoterapia por la Facultad de Medicina de la Universidad del Salvador (Buenos Aires), que decidió dar rienda suelta a su proyecto pedagógico en el barrio sevillano de Nervión.

Su taller musical fomenta el aprendizaje a través de juegos, canciones y cuentos, centrándose en el desarrollo de la audición, pues la educación musical no se destina exclusivamente a aquellos que tiene un don para la música. “Cualquier persona puede gozar de hacer y escuchar música si se le brindan oportunidades de aprendizaje apropiadas cuando es niño”, comenta. Asimismo, cantar o tocar un instrumento estimula el cerebro en su plenitud.

El contacto con la música permite que los niños adquieran habilidades beneficiosas para resolver problemas de forma más creativa y eficaz, “más que otras artes, más que las matemáticas, la lengua o los deportes”, añade la argentina, que considera los tres años la edad ideal para comenzar a desarrollar su oído, ritmo o afinación. Sin embargo, antes de sumergirse en la práctica de una guitarra, un violín o una batería, “el primer instrumento musical son ellos mismos: su propio cuerpo, su voz, sus emociones”, apunta Cristina Muscarsel.

Las sesiones del taller musical fluyen en un ambiente acogedor donde los niños se lo pasan en grande mientras se relacionan con la música. Primeramente realizan una actividad asociada al movimiento corporal, la educación rítmica y la psicomotricidad. A continuación, un baile de notas tranquilas propicia la relajación de los pequeños. “Cuando están tranquilos y receptivos hacemos una gran variedad de juegos para aprender a escuchar”, señala la educadora.

Después de experimentar con instrumentos de percusión, las voces infantiles ponen su punto y final. Los niños suben al escenario para entonar sus canciones al mismo tiempo que tocan algún instrumento. Sin embargo, debido a la dificultad que presenta coordinar ambas acciones, se alterna el canto a capela, o el reparto de funciones entre los miembros del grupo.  De esta forma, aprenden a relajarse, escuchar, comunicarse y a crear nuevos ritmos.

“Yo creo que la educación no ha de ser una mera preparación para la vida: tiene que ser la vida misma”, comenta. “Trabajamos en grupo para que ganen confianza en sí mismos, para que se rían, y nos riamos, mucho, y para que sus primeros contactos con la música les resulte tan positivos que quieran que esta los acompañe toda su vida”, agrega Cristina Muscarsel.

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